Regreso al horror


Hassanat Omeneke es nigeriana. Hace siete años, vivía en su país junto a su pareja y nació su primera hija. Él tuvo que emigrar a Francia para ganarse la vida y, entonces, la familia política de Hassanat quiso practicar una mutilación genital al bebé. Así comenzó la trágica historia de esta mujer, víctima del tráfico humano, que ahora lucha por quedarse en Reino Unido, donde ya se le ha negado el asilo en dos ocasiones.

“La familia de mi pareja me amenazó con mutilar a mi niña y hui, escapando de ellos, yendo de casa en casa para que no me entraran”. Así recuerda Hassanat el inicio de su pesadilla, hasta que un día la encontró una amiga y, entonces, todo pareció cambiar, atisbándose un pequeño rayo de esperanza. Sería cuestión de pocos días que se percatara de que, en realidad, no era más que un espejismo.

“Me habló de la posibilidad de ir a Reino Unido, de emprender allí una nueva vida”. El relato de la madre nigeriana se vuelve a ratos atropellado, otras, en cambio, baja de revoluciones como si el recuerdo recorriera todo su cuerpo y, en lugar de sacudirlo, casi lo paralizara.

Instrumentos con los se practican mutilaciones genitales (World Vision)
“Tuve que pagar casi 5.000 libras [5.800 euros], que me dijeron que las podría ir devolviendo poco a poco cuando llegara a Londres y empezara a trabajar”. Lo que no le dijeron era de qué. Hassanat dio con sus huesos en un piso de la capital británica donde otras mujeres con historias similares eran víctimas de abusos y vejaciones, forzadas a prostituirse por un puñado de libras que al final del día les arrebataba el encargado del burdel.

Pasaban los días y el horror que padecía Hassanat iba dejando un rastro imborrable en su mente y en su cuerpo, huellas de las que ya nunca podrá desprenderse, que se llevará a la tumba o, incluso, que la conducirán a ella. Atrocidades que ni siquiera hoy quiere contar y son su rostro, su voz quebrada los que trazan en el aire un bosquejo de sufrimiento.

Sólo pudo soportar tres semanas y entonces, en un descuido de sus captores, huyó... otra vez. “Cogí a mi pequeña y escapé del piso”. Sola con su hija en una ciudad de ocho millones de personas, tan extensa y retorcida que parece haber perdido un punto cardinal, sin apenas conocer el idioma, sin dinero y con la angustiosa inseguridad que trae consigo la desconfianza de todo cuanto te rodea. Y a pesar de todo, Hassanat consiguió llegar hasta Newcastle.

La familia crece
Han pasado ya seis años y medio desde que llegara a Reino Unido. En ese tiempo, Hassanat consiguió localizar en Francia al padre de su hija, que voló a su encuentro en lo que parecía un golpe de fortuna. Tampoco tuvo esa suerte esta vez. Borracheras, maltratos y dos nuevos embarazos es el legado que le dejó antes de volver a abandonarla a su suerte. “Ya no sé nada de él”, me cuenta, “y tampoco ganas de saber”. Perdió todo contacto.

Protesta de Hassanat con otros miembros de la organización TCAR (TCAR)
Sus tres niñas, de siete, cinco y tres y años, han crecido aquí, conservando sus raíces nigerianas pero mamando desde el principio la cultura e idiosincrasia británica. Hace unos meses, la directora del colegio donde cursan estudios enviaba una carta a la ministra del Interior, Theresa May, contándole cómo las niñas “han hecho muchos amigos y han forjado una buena relación con los adultos. No sólo viene a la escuela con entusiasmo, sino que también realizan muchas actividades extraescolares cuando terminan las clases. Ya ni siquiera saben su lengua materna, se consideran británicas”.

Deportación y miedo
Con ayuda de la organización Tyneside Community Action Against Racism (TCAR), Hassanat ha pedido asilo al Gobierno de David Cameron, sin que éste haya tenido el mínimo gesto de concedérselo. De hecho, ya ha perdido dos recursos presentados y el pasado 1 de febrero a punto estuvo de ser deportada a Nigeria... ella y sus tres hijas.

“Yo no tengo papeles, mi pasaporte continúa siendo nigeriano y aunque mis dos hijas pequeñas nacieron aquí, no les han concedido la nacionalidad británica, por lo que ellas también serían deportadas”, explica Hassanat, que cuanto más quiere explicarse, más rápido habla y se atropella.

(TCAR)
"No sé por qué me odia este Gobierno, por qué no me cree", se pregunta Hassanat, apunto de romper a llorar. La madre nigeriana se teme lo peor: “tengo miedo de que me maten, de que mis hijas caigan en la trata de seres humanos y la prostitución para hacernos pagar la deuda que contraje cuando vine a este país”. En caso de llegar sanas y salvas a Nigeria, la vida que allí les espera es deseperanzadora. “No me queda nadie allí, ni mis padres, ni amigos, nadie” y, lo que es peor, “la familia del padre de mis hijas volverá a querer mutilar a mis pequeñas”, se lamenta.

Consultadas por el caso, fuentes del ministerio del Interior se cierran en banda a “hablar sobre casos particulares de asilo”. Otro portavoz me indica que “cada solicitud de asilo se considera cuidadosamente, caso por caso”, matizando que “Reino Unido únicamente devuelve individuos cuando tanto la UKBA (UK Border Agency) como los tribunales están de acuerdo en que no se requiere de nuestra protección y, por tanto, no hay base legal para permanecer en el país”. Y en esos casos, concluye, “animamos a estas personas a abandonar voluntariamente el país, proporcionando ayuda a quienes optan por hacerlo”.

Una versión que, cuando uno habla con personal de TCAR cambia por completo: “El Gobierno británico primero no cree las historias de los refugiados y, entonces, busca motivos para no hacerlo”. Desde su punto de vista, Downing Street “quiere mantener buenas relaciones con Nigeria, que continúe siendo un aliado fuerte y estable para sí proteger los ingentes beneficios que las compañías británicas obtienen del gas y el petróleo nigeriano”. A fin de cuentas, Nigeria produce unos 2,7 millones de barriles al año. (por cierto, en el caso español, ya es nuestro principal exportador con 836.000 toneladas al año, el 18% del total).

Ante esa realidad y “en plena crisis económica, sólo quiere deshacerse de los refugiados que no traen beneficios a la economía; los Derechos Humanos no les importan”, sentencia.

NOTA

Realicé esta entrevista a finales del pasado mes de febrero. El miércoles 6 de marzo, Hassanat y sus tres hijas fueron detenidas a las siete de la mañana por agentes de Inmigración y llevadas a un centro de detención. He perdido el contacto con ellas pero, al parecer, el ministerio del Interior ha reservado un vuelo a Nigeria para deportarlas el sábado por la noche. 

Serán cuatro dígitos más de una larga lista de refugiados obligados a regresar en silencio al horror del que un día huyeron.
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