La web 3.0 resucita el fantasma de una burbuja

 


Las empresas de criptoempresas y la Web 3.0 han puesto el mercado laboral patas arribas. Esta fiebre Web 3.0 ha alcanzado de pleno, incluso, a gigantes tecnológicos como Google, Apple, Facebook o Amazon, cuyos ejecutivos y desarrolladores están dejándose tentar por este nuevo mercado. El fenómeno recuerda extraordinariamente a la burbuja de las puntocom a principios de los años 2000.

Uno de los casos más sonados ha sido el de Ryan Wyatt, fichado en 2014 por YouTube para tratar de hacer frente a Twitch (Amazon) en el campo de los videojuegos y que ahora, precisamente, se ha ido a Polygon, la plataforma blockchain de videojuegos que, junto con Circle, es una de las responsables de este recrudecimiento de la pugna por el talento. Una lucha de fichajes que ha comenzado en el Silicon Valley pero cuyas réplicas alcanzan al resto de geografías; de hecho, la compañía de empleo Hays ya ha advertido de cómo las criptoempresas pescan en aguas de Facebook, Amazon y Apple en Reino Unido e Irlanda.

El interés es más que evidente, como demuestra el fenómeno Sandy Carter. Tal y como cuenta The New York Times, en los dos días siguientes a que la que fuera vicepresidenta de Relaciones Estratégicas de Amazon Web Services (AWS) anunciara  su marcha a la empresa de dominios blockchain Unstoppable Domains a finales del año pasado, más de 350 personas de algunas de las empresas más grandes de internet solicitaron un puesto de trabajo en esa compañía.

Web 3.0 va más allá de la experiencia inmersiva que aspira ser el metaverso; busca reinventar internet migrando algunos de los servicios on-line más populares a tecnologías descentralizadas como blockchain. Este enfoque tiene, sin embargo, sus escépticos, que no terminan de barruntar éxito a un modelo en el que, por ejemplo, los usuarios reciben tokens nativos de blockchain como pago por sus publicaciones, lo que impactaría de pleno en el modelo publicitario de Facebook o YouTube.

Entre las voces críticas destacan algunas como Jack Dorsey, el fundador de Twitter, que considera que la Web 3.0 está demasiado descentralizada y bajo el control de unos pocos capitalistas de riesgo. Tampoco le ve futuro el presidente de Tesla, Elon Musk, que detecta más humo y marketing que realidad.

Esta fuga de talento no responde sólo a una cuestión de dinero –que por supuesto tiene un papel protagonista-, sino que quienes fichan por empresas Web 3.0 ven en ésta el futuro y quieren ser los primeros en subirse al barco. Meta, la renombrada compañía de Mark Zuckerberg, ya comenzó a desarrollar en 2019 su propia billetera criptográfica (Novi) y podrían comenzar a adentrarse en el segmento de los NFT. Sólo en este campo de los tokens no fungibles se ha invertido en el último año más de 3.000 millones de dólares, según PitchBook, una firma que rastrea inversiones privadas.

Sin embargo, más allá de ese futuro está el presente con monedas contantes y sonantes. Según redes como Blind, algunas criptoempresas como la plataforma de intercambio de bitcoins Coinbase estaría pagando hasta 900.000 dólares al año para perfiles de ingenieros de software. Este nicho, el de las criptomonedas es uno de los que viven momentos más dulces, hasta el punto de que, según informes de consultoras como CB Insight, lograron recaudar cerca de 25.000 millones de dólares en capital riesgo durante 2021. No parece que la volatilidad de ese mercado inquiete demasiado y ese músculo financiero está teniendo mucho que ver en esta lucha por el talento.

Al pago en metálico se suman, además, las compensaciones en acciones, es decir, pagar una parte del salario con una participación de las empresas, lo que teniendo en cuenta que, siguiendo esta nueva fiebre del oro Web 3.0, es una inversión de futuro confiando pegar un pelotazo tras una adquisición. Y es que, como sucedió con las puntocom, muchas de estas compañías nacen con el único objetivo de hacerse lo suficientemente atractivas para ser compradas, lo que puede hacer ganar mucho dinero a quien posea acciones... y termina haciendo estallar la burbuja. Es cuestión de tiempo si, aunque la historia no se repita, sí rime.

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