Recetas para una nueva Constitución

La Primavera Árabe nos ha traído uno de los fenómenos más complejos y a la vez más apasionantes de los Estados: el nacimiento de la Democracia y el alumbramiento de una Constitución. Cuando yo era niño, se decía en el colegio que la Constitución era la “ley de leyes”; con el paso de los años, será que por eso del reuma en los mayores, las goteras del texto aparecen y hacen más mella en las articulaciones. Sencillamente, uno se da cuenta de que algunos artículos son, en realidad, declaraciones de intenciones más que esa supuesta ley de leyes.

Ya no digo los artículos 35, “todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo” -vaya día para elegir este artículo-; o el 47, “todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada”, sino otros, como el artículo 7, que indica que la estructura interna y el funcionamiento de los partidos políticos “deberán ser democráticos”… que se lo digan a las teorías conspirativas de Chacón o a las habituales disciplinas de voto de los partidos… o el artículo 17, “toda persona detenida debe ser informada de forma inmediata, y de modo que le sea comprensible, de sus derechos y de las razones de su detención”… que se lo digan a algunos indignados pacíficos del 15M, cuyos vídeos inundan la red… o el artículo 20, “el ejercicio de estos derechos [comunicar y recibir libremente información veraz] no puede restringirse mediante ningún tipo de censura previa”… que se lo digan a mis colegas de Telemadrid… o el artículo 31,  “todos contribuirán al sostenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su capacidad económica mediante un sistema tributario justo inspirado en los principios de igualdad y progresividad que, en ningún caso, tendrá alcance confiscatorio”… que se lo digan… bueno, ustedes ya saben.

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