Lecciones de la Revolución de los Claveles


Hoy se celebran los 40 años del triunfo de la Revolución de los Claveles en Portugal... y es un error. En realidad, de lo que deberíamos estar hablando es de su fracaso y, prueba de ello, es cómo cuatro décadas después el país ha caído víctima de la usura de la Troika. A pesar de ello, aquella revolución tuvo muchos aspectos positivos, aunque es de sus errores de los que más lecciones podemos extraer.

La Revolución de los Claveles acabó con casi medio siglo de dictadura salazarista, ostentada entonces por Marcelo Caetano. 40 años después parece poco menos que imposible vivir un ascenso del pueblo semejante, a pesar de que las calamitosas condiciones en que vivimos son muy similares. Más allá del romanticismo de Grándola, Vila Morena en Radio Renascença que simboliza el pistoletazo de la revolución, es importante recordar cómo las cifras macroeconómicas respaldaban a la dictadura. ¿Les suena de algo?

En punta de lanza (con las guerras coloniales de fondo) el crecimiento medio de la producción, que entre 1960-1973 creció un 6,7% o la inversión extranjera en el país, que pasó de poco más de 800.000 millones de escudos en 1970 a 2,7 billones en 1973. Y, sin embargo, la desigualdad  campaba a sus anchas, al igual que la pobreza, la miseria y la represión. ¿A que resulta extraordinariamente familiar este retrato de la realidad?

En 1974 la economía portuguesa estaba prácticamente en su totalidad en manos de siete grandes grupos (CUF, Espirito Santo, Borges & Irmão, Nacional Ultramarino, Champalimaud, Português do Atlãntico y Fonsecas & Burnay). El 0,4% de las sociedades acumulaban el 53% del capital total de las sociedades y, en el campo, la situación no era mejor: más del 30% de las tierras se acumulaba en poco más de 1.000 explotaciones de más de 500 hectáreas... lo que nos deja una media de más de 600.000 explotaciones de menos de cuatro hectáreas. 

La élite había triunfado, amasando capital y ejecutando una concentración más allá de la horizontalidad, virando a una verticalidad que le procuraba el control de todas las fases productivas. En esta coyuntura y a diferencia de lo que vivimos en estos días en España, la Revolución de los Claveles fue capaz de aunar al ejército (a través del Movimiento de las Fuerzas Armadas), al movimiento estudiantil, al poder sindical (con la potente Intersindical) y al movimiento obrero y campesino. Por eso derrocó al dictador.

La letra de canción -censurada por la dictadura por sus tintes comunistas- que sonaba en Radio Renascença cobraba forma: "el pueblo es el que más ordena". Y ejerció, al menos durante unos meses, con una depuración de todos los que habían apoyado al dictador -a diferencia de nuestra Transición, que los legitimó y dio aún más poder-, con un proceso de auto-organización loable que, entre otras acciones, alumbró el movimiento de moradores que okuparon miles de viviendas y gestionaron la vida en los barrios o nacionalizó la banca. Organizando, incluso, una gran manifestación contra el desempleo, con el lema "el paro es el inevitable producto del sistema capitalista. Les toca a los trabajadores destruir este sistema y construir un mundo nuevo".

Y con todo, la Revolución de los Claveles fracasó y lo hizo no sólo porque no existiera una fuerza política que estuviera a la altura, sino porque paulatinamente el pueblo olvidó las motivaciones que le llevó a alzarse, perdió esa organización marxista de las masas que hubiera podido salvarle. Y si hoy algunos hablan de las brechas del capitalismo para tratar de que el pueblo imponga una verdadera justicia social, entonces lo que había era una auténtica fractura del socialismo que la élite supo aprovechar mucho más de lo que hoy hace el obrero. Y el neoliberalismo volvió a tomar las riendas y llegó la OTAN, la UE y de nuevo la desigualdad, la concentración de riqueza y, en la actualidad, la miseria para la clase obrera, con un estado del Bienestar totalmente desmantelado.

¿Cuál es la lección a aprender? Que todos los días han de ser revolucionarios, no hay lugar para el relajo, que el neoliberal siempre está al acecho para asestar su golpe y descabezar a todo aquel que ansíe la justicia social. El capitalismo es la droga más adictiva y destructora que hay en el mundo, capaz de llevar al lado oscuro a cualquiera. CUALQUIERA. Y por este motivo es tan importante esa conciencia de masas, para que apoyándose unos en otros sea posible cerrar esas brechas que la élite siempre aprovecha para extender su ponzoña, creando la ilusión de riqueza en unos, cuando quien realmente la amasa es ella.

(Publicado en Espacios Europeos, abril 2014)
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