Cuando la policía mata y después soborna

Víctor García era un joven de 21 años. Si por algo se había distinguido desde muy joven fue por su compromiso social, por su espíritu de activista, pero no de los ratón y tecla fácil, sino de los que se baten el cobre en las calles, luchando contra las injusticias. Su madre Consuelo, desde la distancia en Galicia, hacía semanas que no pegaba ojo con estos tiempos convulsos. Desde que su hijo se había quedado en Madrid, ella vía en un estado continuo de emociones contrarias que no conseguía conciliar: por un lado, el orgullo de ver cómo su pequeño, ya un hombre, anteponía sus principios, su honestidad por delante de su propio bienestar y, por otro, una profunda congoja precisamente por ello.

A finales de enero, Víctor se vio envuelto en una protesta contra un desalojo. Una propuesta, en realidad, de resistencia pacífica pero todo eso pareció darles igual a los antidisturbios. Cargaron brutalmente contra los activistas y, a Víctor en particular, le dieron su buena ración de "calor negro", como los agentes de la Unidad de Intervención Policial (IUP) les gusta llamar a golpear con la porra a discreción.

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