Receta para manipular con un discurso político

Se acerca el arranque oficial de la campaña y la semana que viene tendremos oportunidad de presenciar el debate entre tres de los candidatos y una integrante del equipo de un cuarto aspirante. La manipulación en los discursos se hace aún más patente en campaña y por ello, aprovechando un maravilloso texto de Jesús Alcolea Banegas (Profesor Titular de Universidad del Área de Conocimiento y Departamento de Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación en la Universitat de València), daré una pautas para que ningún político se quede sin manipular.

El texto del profesor Alcolea, publicado el año pasado en la revista internacional de Filosofía Contrastes de la Universidad de Málaga, analiza el papel de la manipulación en el discurso público apoyándose nada menos que en la versión cinematográfica de Julio César de J.L. Mankiewicz (1953), que a su vez se basa en texto de Shakespeare.

Vaya por delante, de cara a las víctimas de la manipulación, que como indica el profesor “hallar un antídoto contra la manipulación es realmente difícil”:

Lo primero que tenemos que hacer anular la capacidad de nuestra víctima para pensar críticamente. Para ello, procederemos a actuar inmediatamente sobre su estado afectivo y sus sentimientos, tergiversando cualquier atisbo de razonamiento de que pueda ser capaz. Es vital interesarse por las preocupaciones de nuestros interlocutores, para pasar a elaborar nuestra estrategia, tras sedimentarla en ese conocimiento
Muy relacionado con lo anterior, es muy importante aparentar saber más de lo que sabe, apelando continuamente a las emociones, a las suyas, a las de sus rivales y a las del público en general.

El orador se centrará en lo que tiene éxito, en lo que el auditorio le pide, en lo que él ve que agrada a su auditorio y en lo que a su vez le seduce.

Debemos tener en cuenta cuatro grandes máximas filosóficas y retóricas, pero no para respetarlas, sino para infringirlas:

  • La máxima de cantidad: hay que dar la información necesaria y suficiente, teniendo presentes los objetivos de la conversación.
  • La máxima de cualidad: hay que hacer que en nuestra conversación reine la verdad (no diciendo lo que se cree falso o carece de pruebas).
  • La máxima de relación o relevancia: hay que ir al grano y decir lo que es relevante.
  • La máxima de modo: hay que ser claro, escueto y ordenado.

Ojo, un manipulador puede resultar un cazador cazado. Para evitarlo, el manipulador ha de ser paciente en la espera de su presa (información, conocimiento), astuto como un zorro (la mejor estrategia argumentativa –lógica y retórica–) y rápido como un felino (el tiempo puede jugar en su contra).

Si nos cazaran, diremos que no estamos manipulando, sino persuadiendo, aunque realmente las diferencia entre una y otra son notables. Así, mientras que en la persuasión los interlocutores son libres de creer o actuar como les plazca (papel activo), aceptando o no los argumentos del persuasor, en la manipulación a los interlocutores se les asigna un papel más pasivo: son víctimas y no deben ser conscientes de la estrategia del manipulador. Además, el manipulado no puede comprender las intenciones o las consecuencias reales de las creencias o acciones defendidas por el manipulador: la ignorancia epistémica le torna vulnerable y no puede resistirse a la manipulación.

¿Cuándo sabemos si la manipulación ha surtido efecto o no? Cuando el manipulado no se percata de que está siendo manipulado. Recuerde que sólo deberá dejar de preocuparse por ocultar sus estrategias cuando realmente quiera que su interlocutor sea consciente de su modo de proceder y objetivos.

Sigan esta pequeña receta, amplificada con la complicidad de los medios de comunicación y el efecto amplificador de las redes sociales, y tendrán un buen puñado de electores aborregados/estafados. Aunque podríamos tomar ya los actos de precampaña, arrancaremos con las clases de casos prácticos a partir del próximo 4 de diciembre.

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