El aborto que salvó la vida a Trump

 

El presidente de EEUU, Donald Trump, regresa a la Casa Blanca asegurando que se siente mejor "que hace 20 años". / EFE

Trump está tratando su contagio por COVID-19 como una victoria pero, en realidad, no sólo prueba su imprudencia saltándose todas las medidas de seguridad sanitaria y publicitando fármacos sin respaldo científico contra el coronavirus, sino también su hipocresía: el tratamiento que recibió para su recuperación procede del tejido de un aborto, contra el que él se posiciona abiertamente.

Desde que Trump llegó a la Casablanca ha empleado su cruzada antiabortista para seguir alimentando su granero de votos. Tanto es así, que entre sus anuncios estrella se encontraba la prohibición de la interrupción voluntaria del embarazo para el último trimestre del año. Lo ha hecho acudiendo a manifestaciones bautizadas como ‘pro-vida’ y, además, reduciendo el número de Institutos Nacionales de Salud que investigan basándose en tejido fetal de abortos, lo que ha sido decisivo para que el republicano supere la COVID-19.

Tal y como ha revelado el MIT, ni Trump ni su hinchada antiabortista han puesto una sola objeción al tratamiento recibido por el presidente, que dependía de células fetales. Según detalla el prestigioso instituto de investigación, el origen de las células con que la farmacéutica Regeneron fabrica su cóctel de anticuerpos es tejido renal de un aborto de Países Bajos de la década de los años 70. Desde entonces, estas células, llamadas HEK 293T se han ido dividiendo en el laboratorio, modificándolas genéticamente.

El hecho de que el origen de esas células se remonte a los años 70 y, desde entonces, hayan sufrido tantas modificaciones en el laboratorio es la válvula de escape para que Trump y sus seguidores nieguen la evidencia: de no haberse producido un aborto, no habría existido ese tratamiento.

Algo difícil de encajar para, por ejemplo, el Panel de Ética de Trump que si algo ha hecho desde que se constituyó en febrero es arremeter contra la investigación con tejido fetal. El pasado verano, la Junta Asesora de Ética en la Investigación de Tejidos Fetales Humanos, que es como oficialmente se denomina, emitió un informe para retirar los fondos a 13 de 14 líneas de investigación distintas al respecto. Una decisión que cosechó grandes críticas, entre las que destacaron las de la Sociedad Internacional para la Investigación de Células Madre.

El resultado es que Trump prohibió que el personal investigador que trabaja en centros asociados a los Institutos Nacionales de Salud (NIH) pueda desarrollar trabajos alrededor del estudio de tejido fetal y retiró la financiación estatal. Además, cualquier nueva propuesta está sometida al veto de un consejo asesor de ética. Entre los primeros damnificados, el proyecto de unos dos millones de dólares que venían desarrollando los NIH con la Universidad de California en San Francisco (UCSF), que utilizaba tejido fetal para probar tratamientos contra el VIH. Lo mismo ha sucedido con investigaciones similares contra el Alzheimer, por ejemplo.

Quién le iba a decir a Trump que, después de todo, una de esas personas a las que acusa de “ejecutar bebés” podría haberle salvado la vida.

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