Ciencia al servicio del colonialismo

 


La investigación científica tuvo mucho que ver con el colonialismo llevado por Europa en los siglos XVII, XVIII y XIX, no sólo por su avidez a la hora de adquirir nuevos conocimientos, sino también para allanar el camino a los nuevos conquistadores. Inglaterra, con su potente Royal Society, estuvo a la vanguardia de esta carrera colonial, en la que la investigación que se realizó de los venenos que empleaban las comunidades indígenas jugó un papel esencial.

El reino de Makassar, en Indonesia, se convirtió en el siglo XVII en un enclave estratégico para las rutas comerciales. En este cruce intereses mercantiles chocaron dos países: por un lado Holanda, que era la potencia hegemónica en las conocidas como las ‘Indias orientales’ y, por otro, Inglaterra. En mitad de la ecuación se encontraba la población navita, que para defenderse de los invasores contaba con ipo, un poderoso veneno.

Es en este punto donde entra en juego la Royal Society, tal y como ha revelado una investigación de este ente científico. En 1743, el doctor en Medicina inglés Edward Milward escribió una carta al entonces presidente de la Royal Society, Martin Flokes, en la que le informaba del hallazgo de un antídoto contra ipo, también conocido como el ‘veneno indio’ o ‘veneno negro’.

Un siglo después, está documentada otra carta en la que el médico escocés Thomas Lauder Brunton revelaba la obtención de un nuevo veneno, gracias a un nativo, que se utilizaba en Angola. Se extraía de la corteza de un árbol, que era utilizado por los nativos como una suerte de tortura/castigo. Se les administraba en forma de infusión a las personas sospechosas de robo, brujería u otros delitos; si únicamente provocaba vómitos, la persona resultaba inocente, pero si derivaba en males mayores, como diarreas, se le consideraba culpable y, o bien se dejaba morir por efecto del veneno o era ajusticiada.

El militar naturalista holandés Georg Eberhard Rumphius también cuenta con trabajos en el siglo XVII en los que habla del upas, un árbol venenoso, siendo su gran obra el conocido como Herbarium Amboinense, en el que documenta sus hallazgos botánicos en Indonesia. Tan sensible y estratégica se consideró entonces esta información para la carrera colonial que ni siquiera Rumphius pudo ver impresa su obra antes de morir, embargándose durante años.

Con documentos como los mencionados se demuestra cómo la cooperación nativa para la obtención de nuevos conocimientos en la época del colonialismo resultó indispensable, si bien es cierto que en la mayoría de los casos se produjo en un contexto de esclavitud y dominación. Tras el asesinato de George Floyd y la revisión histórica de los procesos coloniales que desencadenó Black Lives Matter, la propia biblioteca de la Royal Society se ha embarcado en una autoevaluación, de manera que la participación de los pueblos colonizados en la creación de la ciencia ocupe el lugar que merece.

Este proceso, sin embargo, no resulta sencillo porque no son pocas las personas sacadas de la Historia, especialmente por motivos racistas, habiendo sido borradas de un plumazo las personas negras, indígenas, de cualquiera raza que no fuera la blanca. Y ello a pesar de que el imperio británico difícilmente habría podido por sí solo adquirir los conocimientos científicos del Nuevo Mundo sin la cooperación nativa. Es por ello que, al igual que esté haciendo la Roya Society, otros representantes de la comunidad científica, como el historiador de Ciencia James Delbourgo, apuesta por crear "una nueva historia global de la ciencia", pues lo que hoy sabemos, en gran medida, tiene su origen en la interacción entre los pueblos conquistadores y conquistados.

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