Los Trump hacen caja con la IA desde la Casa Blanca
Quien a estas alturas no esté convencido de que a Donald Trump sólo le importa EEUU en tanto en cuanto le llene aún más sus bolsillos es que está ciego. La última prueba es la macro operación realizada por Nvidia a finales de 2025, que compró los activos de la startup de chips de Inteligencia Artificial (IA) Groq (no confundir con Grok, la IA de Elon Musk) por cerca de 20.000 millones de dólares. Se trata de su mayor adquisición y adivinen quién es accionista de Groq: el hijo de Trump. Algo me dice que los reguladores no pondrán ninguna traba a esta operación. Todo queda en familia.
Bucear en los entresijos de esta operación ayuda a comprender cómo poder y tecnología se han entrelazado de un modo que no siempre resulta tan evidente como hemos visto esta semana con los ataques de Elon Musk (X) y Pavel Durov (Telegram) al Gobierno de España o con la purga ejecutada por Jezz Bezos (dueño de Amazon) en el The Washington Post, despidiendo a 300 profesionales, Premios Pulitzer incluidos. Los tecnobros son muy peligrosos y, combinados con Trump, catastróficos.
Contextualicemos: Nvidia es, de lejos, la empresa que más dinero ha hecho con el boom de la IA. Sus chips GPU se han convertido en un estándar de facto para el sector de la IA, lo que no sólo le ha servido para disparar sus ingresos, sino también su capitalización bursátil hasta los 5 billones de dólares. Groq, por su parte, apenas tiene nueve años de antigüedad, fundada por Jonathan Ross, uno de los artífices de la ingeniería que hay detrás de la IA de Google (sus TPU), que se han convertido en alternativa de las GPU de Nvidia.
El pasado mes de septiembre, la compañía de Ross se hizo con 750 millones de dólares en una ronda de financiación que elevó el valor de Groq hasta los 6.900 millones de dólares. Entre los inversores de aquella ronda se encontraban las tecnológicas Samsung y Cisco, así como los fondos Blackrock, Neuberger Berman, Infinitum, Altimeter y 1789 Capital, donde Donald Trump Jr. es socio. Tres meses después, Groq firmó un acuerdo con el Departamento de Energía de EEUU. Lo hizo tras la asistencia de uno de sus principales directivos a un evento celebrado en la Casa Blanca. Este acercamiento permitirá, según expusieron las partes implicadas, explorar y colaborar en la inferencia de IA energéticamente eficiente y otras aplicaciones prácticas.
En esta sucesión de acontecimientos ‘curiosos’, no pasaron ni cuatro meses de la inversión de Donald Trump Jr. cuando se desvelaba la operación con Nvidia por valor de 20.000 millones de dólares. Lo destapaba Alex Davis, máximo responsable de Disruptive, que fue quien lideró aquella ronda de financiación y que desde 2016 ya ha invertido 500 millones de dólares en Groq. Para entonces, la startup anunciaba haber alcanzado un acuerdo sin exclusividad con Nvidia de licencia de su tecnología de inferencia de IA (ejecución de las instrucciones que se dan a la IA). Sin detallar el importe del acuerdo –ya lo había hecho Davis-, lo que sí avanzaba la compañía es que seguiría operando como independiente con el director financiero, Simon Edwards, como director general, pero claro, sólo de la parte del negocio GroqCloud, que ni siquiera forma parte del acuerdo.
A todo lo demás, es decir, a los activos principales, la propiedad intelectual y el talento de ingeniería es a lo que Nvidia tiene barra libre, hasta el punto de que tanto Ross como el presidente de Groq, Sunny Madra, y otros miembros del equipo se unen a la compañía. No lo quieren llamar adquisición pero, en realidad, lo es. Hay quien lo ha denominado un hackeo legal para evitar un veto antimonopolio dado que, con esta adquisición, Nvidia se quita de en medio a un posible competidor. Groq había conseguido desarrollar unos procesadores de latencia ultrabaja capaces de ofrecer velocidades de inferencia que ni siquiera Nvidia lograba. Ahora, Nvidia integrará los procesadores de Groq con su arquitectura de IA.
El hecho de que ni se hayan escuchado los engranajes de los mecanismos antimonopolio, dado el potencial de la tecnología de Groq y que Nvidia lleva meses cortejando con sus millones a OpenAI, otro de los gigantes de la IA con sus modelos GPT, es tan sospechoso como rápido y turbio ha sido el acuerdo entre Groq y Nvidia. Habrá quien afirme que la operación se encuadra dentro de operaciones similares que están realizando otras grandes tecnológicas como Meta o Microsoft para captar talento y tecnología vanguardista de IA. Es cierto; de hecho, en septiembre Nvidia también gastó 900 millones de dólares en la contratación de Rochan Sankar, director general de Enfabrica, empresa especializada en hardware de IA, pero lo de Groq parece diferente.
Con Trump nunca existen las casualidades y, lejos de afirmar que existe una relación causa efecto, hay hechos que, cuanto menos, llaman la atención. Por ejemplo, en febrero de 2025, Groq anunció haber superado las restricciones comerciales y haber obtenido las licencias necesarias para exportar su tecnología a Arabia Saudí. No en vano, Arabia Saudí anunció el año pasado su intención de invertir cerca de 15.000 millones de dólares para ser un actor relevante en IA.
Aquello le sirvió para embolsarse 1.500 millones de dólares de Aramco Digital, la filial tecnológica de la petrolera saudí Aramco, que está construyendo en el país un centro de datos de IA. Tres meses después, Trump viajaba a Riad, anunciando inversiones saudíes en EEUU por valor de 600.000 millones de dólares y, ya a finales de año, el republicano recibía con honores en la Casa Blanca al príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salman, a quien defendió del asesinato del periodista y disidente saudí Jamal Khashoggi.
Otro hecho llamativo es que en su continuo tira y afloja con China, Trump ha terminado por relajar las duras restricciones de exportación a Pekín que venían ‘frenando’ el negocio de Nvidia. ¿Cuándo es la última vez que lo ha hecho? Durante la celebración del CES de Las Vegas, apenas una semana después de conocerse la compra de Groq. ¿Casualidad? Juzguen ustedes, pero incluso el Departamento de Comercio ha puesto encima de la mesa un acuerdo para que Nvidia venda sus chips a TikTok, tantas veces denostada por Trump.
Nunca antes como ahora seguir el rastro del dinero ha sido tan revelador. Los alardes a calzón quitado del compadreo entre poder y tecnología inquietan, pero no son más que la punta del iceberg; los que ocultan con una maraña de acuerdos distanciados en el tiempo acreditan que son una amenaza real.
(Artículo en Público)

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