Epidemia de atrofia cognitiva

 

El impacto negativo de las pantallas en el desarrollo cognitivo de los más pequeños es un hecho. Hace una década ya era vox populi y, con todo y asumido el fracaso educativo abordando la cuestión en los hogares, todavía se discute hoy cómo resolver esa papeleta en el ámbito normativo. Aún con esa asignatura pendiente, nos está pasando otra por encima: la de la Inteligencia Artificial (IA). También está retrasando el desarrollo cognitivo de los menores. Y eso es otro hecho.

Utilizar de manera sistemática la IA para redactar correos electrónicos o resumir textos, por ejemplo, compromete nuestras habilidades cognitivas. Reducir el esfuerzo neurológico disminuye nuestra capacidad para pensar críticamente y resolver problemas de manera independiente”. Así de tajante se mostraba en 2024 la doctora Mara Dierssen, presidenta del Consejo Español del Cerebro y presidenta de la Asociación Española para el Avance de la Ciencia durante la sesión Inteligencia artificial en neurología y psiquiatría organizada por la Real Academia Nacional de Medicina de España (RANME).

Para esta neurobióloga del Centro de Regulación Genómica “es esencial encontrar un equilibrio para aprovechar los beneficios de la IA y mantener el ejercicio y la agudeza mental, ya que es fundamental para tener un cerebro sano y funcional”. Esta premisa debería ser imperativa entre los menores. Si en un sujeto adulto los efectos de este abuso de la IA son perniciosos, pudiendo amplificar el deterioro neurológico natural a medida que avanza la edad, ¿qué no podrá hacer en individuos cuyas capacidades aún están en pleno desarrollo?

Podría decirse sin temor a equivocarnos que, en el caso de los más jóvenes, hoy por hoy, los riesgos del uso de la IA están eclipsando a los beneficios. Un adulto puede realizar una tarea con IA para reducir su esfuerzo ejecutándola, además, más rápido, pero tendría capacidad de hacerla por él mismo de no disponer de esa tecnología. En el caso de los más pequeños, quizás nunca se ha dado la oportunidad de desarrollar esa habilidad y estarán hipotecados a la IA de por vida. La plasticidad del cerebro, sencillamente, al carajo.

Abordar de una manera seria el uso de la IA en la escuela es fundamental. Con criterios de productividad que se levantan sobre el capitalismo más salvaje, para incorporar la IA en la escuela acostumbra a usarse el pretexto de que hay que preparar a los niños para su futuro laboral. Este discurso es una trampa en sí misma, porque en el fondo y dado que no se toman las debidas cautelas, lo que hacemos en realidad es generar personas con menores habilidades cognitivas. De este modo, su futuro laboral estará inevitablemente asociado al consumo masivo de IA por no disponer de recursos naturales para realizar determinadas tareas.

Ya no es que concebir la escuela como la base para únicamente convertirte en un sujeto productivo sea maquiavélico, sino que ahora, si no se pone coto al uso de la IA, será mentira: lo que se estará formando de cara al futuro en realidad son sujetos aún más dependientes de la IA. Una dependencia, además, que se desarrolla ya en el mismo colegio al descubrir que con menor esfuerzo se obtienen mejores resultados, pero la ‘cesta cognitiva’ se queda vacía. Se produce a una edad muy temprana una suerte de sedentarismo intelectual que termina provocando una menor agilidad mental en todos los ámbitos.

Podemos comenzar a hablar de atrofia cognitiva y en los próximos años, si no se reencauza el asunto, veremos un descenso en los resultados de aprendizaje en todos los sentidos, incluido el emocional. Estamos ya sumergidos en una crisis silenciosa que avanza a pasos agigantados.

¿Quiere decir todo esto que la educación debería ser impermeable a la IA? En absoluto, pero hay modos en los que esta tecnología puede apoyar a desarrollar pensamiento crítico y creativo en lugar de reemplazarlo. Esa es la clave.

Lo lamentable en este punto es que, a pesar de las evidencias científicas al respecto, el debate no está teniendo ni el calado ni se eleva con acertada contundencia a las instancias adecuadas. En su lugar, pareciera que advertir de los riesgos lo convierte a uno en un neoludita del siglo XXI, un aguafiestas tecnológico. Tiene razón la periodista e ingeniera Karen Hao cuando apunta que este fervor por la IA tiene algo sectario y de culto, pero si uno sigue el rastro del dinero, siempre conduce a los mismos a costa de tus neuronas.

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