Las alianzas militares ante el reto de la interoperabilidad de la IA
El genocidio cometido por Israel en Gaza o la guerra ilegal que Benjamin Netanyahu y Donald Trump han desatado en Irán y Líbano han evidencia cómo la aplicación de la Inteligencia Artificial (IA) en escenarios bélicos es una realidad. La Estrategia de Tecnología e Innovación para la Defensa (ETID 2026) de nuestras Fuerzas Armadas (FAS) no es ajena a ello y dedica buena parte de su contenido a la IA, de la que afirma que “se está consolidando como un habilitador esencial en la transformación digital del sector de la defensa, permitiendo nuevas formas de operar, analizar entornos complejos y coordinar sistemas interconectados en tiempo real”.
Hace ya una década que el mayor general William Hix del Ejército de los EEUU advertía durante una conferencia que “la velocidad a la que las máquinas puedan tomar decisiones en el futuro lejano es probable que desafíe nuestra capacidad para hacer frente, exigiendo una nueva relación entre el hombre y la máquina”. Diez años después, ese futuro ya está aquí.
El mero hecho de que aparezca una nueva tecnología no cambia la doctrina militar; es preciso que tenga un impacto mucho más determinante en la manera de concebir, organizar y ejecutar las operaciones. Sucedió con la aparición de la telefonía móvil, posteriormente con internet, luego con la robótica y ahora con la IA. Tal y como indica el teniente general Miguel Ballenilla y García de Gamarra, director del Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional (CESEDEN) en un reciente artículo, la innovación ha ido saltando de la red, a la conectividad ubicua, la autonomía física y, por último, la autonomía cognitiva. Cada una de estas tecnologías ha modificado prácticas, riesgos, estructuras y formas de pensar.
En el caso de la IA, sin embargo, la ETID 2026 sostiene que la IA “no es una tecnología aislada, sino una capacidad transversal que afecta a todos los dominios operativos y a todos los niveles de la conducción militar, desde el estratégico hasta el táctico”. A nadie se escapa que aprovechar esta innovación para dotar de autonomía completa a sistemas letales es un error titánico, pero no cabe duda de que puede aportar mucho a la Inteligencia.
Tal y como detalla la ETID 2026, además de automatizar el procesamiento de información procedente de sensores distribuidos, la capacidad de anticipar comportamientos adversarios mediante análisis multifuente, optimizar el despliegue logístico y generar recomendaciones de decisión son aplicaciones a las que ya ningún ejército puede renunciar. Se trata de capacidades, además, extremadamente útiles en escenarios caracterizados por una elevada incertidumbre y velocidad del conflicto.
Sin embargo, existe una larga lista de desafíos para que el despliegue de la IA en las Fuerzas Armadas llegue a buen puerto, comenzando por la ciberseguridad, claro está. Dada la extraordinaria dependencia de los datos por parte de la IA, éstos se han colocado la diana como objetivo primordial del enemigo. Corromper en algún punto la cadena de información del adversario para que la IA haga ‘su magia’ basándose en datos erróneos puede marcar la diferencia en un conflicto bélico. En este sentido, la Visión de la Inteligencia Artificial en las FAS advierte de estos ciberataques dirigidos a inhabilitar, replicar o manipular el comportamiento de los sistemas de IA. Mucho más destructivo que eliminar información puede ser envenenarla.
Esta cuestión de la ciberseguridad es uno de los desafíos más obvios; otro, evidentemente, es la formación militar, desde una doble óptica. Por un lado, como instrumento pedagógico para transformar las metodologías de enseñanza y las capacidades de toma de decisiones de los futuros líderes militares; y, por otro, como objeto de estudio para su posterior aprovechamiento en operaciones.
Sin embargo, existen retos que pueden no resultar tan obvios y que el teniente general Ballenilla y García de Gamarra sí apunta en su artículo, como es el de la interoperabilidad aliada. Según indica, “la ventaja tecnológica debe ser compatible con la acción combinada” en alianzas como puede ser la OTAN o la propia Unión Europea (UE).
Disponer de datos fiables, contar con estándares y certificación, utilizar los mismos criterios de gobernanza y garantizar un compromiso de supervisión humana y uso responsable debieran estar siempre presentes en estas colaboraciones. En este sentido, según detalla el teniente general, la interoperabilidad algorítmica también debiera implicar que “los mandos comprendan cómo se generan, priorizan y presentan las recomendaciones que realizan los sistemas”.
La incorporación de la IA en las FAS trasciende al ámbito meramente tecnológico, exigiendo que se aborde también desde una óptica jurídica, ética y doctrinal. A fin de cuentas, “la IA puede multiplicar la capacidad de procesamiento, pero no sustituye la razón práctica del mando”, concluye el director del CESEDEN.
(Artículo en Público)

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