Hacer oposición con más tripas que cabeza
El Consejo de Política Fiscal y Financiera, reunido pese al frustrado intento de boicot por parte de Isabel Díaz Ayuso, ha aprobado recientemente el nuevo modelo de financiación autonómica. No es ningún secreto que la fórmula planteada ha generado rechazo en las derechas y críticas en la izquierda. Desde la Junta de Andalucía, se ha cargado duramente contra el modelo, tachándolo de “corrupción” e, incluso, de “traición”. Tales términos resuenan en los medios de comunicación y terminan por calar en ciertos sectores de la población pero, ¿realmente se ajustan a la realidad o persiguen otro objetivo?
Durante una reciente entrevista en Canal Sur, el consejero de Presidencia, Sanidad y Emergencias de la Junta de Andalucía, Antonio Sanz, calificaba de "corrupción política" el nuevo modelo de financiación autonómica. Un día después, la consejera de Economía y Hacienda, Carolina España, también afirmaba en otro medio que “es un acto de corrupción política y de traición” sosteniendo, sin aportar pruebas, que “se han comprado apoyos políticos con el dinero de todos”. Desde Madrid, Ayuso complementaba estas acusaciones con su característica elegancia al asegurar que el objetivo del sistema aprobado es “pagar la fiesta nacionalista a cuatro mindundis para que Illa pueda mantenerse”. Olvidó apuntar que el PP en Catalunya, como sucede en Euskadi, se ahoga en la más absoluta irrelevancia.
En el caso de Andalucía, que ya rechazó la quita de la deuda de casi 19.000 millones de euros, el modelo de financiación trae a la comunidad casi 4.900 millones de euros más, pero a Juan Manuel Moreno Bonilla no le parece suficiente: quiere más o, si acaso, menos para Catalunya. Está en su derecho, faltaría más, de rechazar este planteamiento, criticarlo o, incluso y como ya ha avanzado, barajar la vía judicial para frenarlo.
Lo que en modo alguno parece de recibo es lanzar acusaciones de delitos tan graves como corrupción o traición con el único fin de agitar al electorado a base de ganchos de derecha mediáticos en la boca del estómago. Los dirigentes populares comparten argumentario en la misma medida que ausencia propositiva. Su lenguaje grueso no se acompaña de pedagogía y reflexión para una opinión pública cada vez más huérfana del pensamiento sosegado que requieren ciertas cuestiones. Y si esa reflexión está ausente, no digamos ya una alternativa a lo que se rechaza frontalmente.
Estos discursos, que por su contundencia apelan a las tripas y llaman a lo emocional, terminan por vaciarse de contenido. Es el triunfo de la política visceral sobre la reflexiva y, a la postre, nos condena a perdernos en un laberinto de emociones que nos alejan de las soluciones a nuestros problemas. Lo más desesperanzador es que podría pensarse que esta política emocional carga sus alforjas de empatía con los más vulnerables, pero tampoco es el caso, tiende a privilegiar a quienes ya conforman una reducida élite.
¿En qué beneficia ahora mismo a Ceuta “utilizar la rabia para echar a Pedro Sánchez”, como anima estos días Alberto Núñez Feijóo? En nada, porque salvo golpe de Estado, echarlo democráticamente implicaría meses de maquinaria electoral y cierta paralización o ralentización de los resortes del Estado. Eso se obvia, ni siquiera se menciona, como si un cambio de gobierno fuera automático y, además, resolviera la situación que se vive en Ceuta.
Esta banalización de la política de la que se ha contagiado el PP hasta la médula no se manifiesta sólo en aportar soluciones sencillas -que suelen ser imposibles- a problemas complejos, sino que además han de actuar como reclamo emocional de algún modo. Cuando Ayuso entona el patriotismo y exige romper relaciones con Marruecos tampoco menciona las implicaciones que ello tendría, porque hacerlo, inevitablemente, restaría quilates a su soflama. Ni siquiera es preciso recurrir a las justificaciones más habitualmente empleadas (lucha antiterrorista y contra el narcotráfico, control migratorio…), basta apuntar a donde más duele a buena parte de su base electoral, el bolsillo y las relaciones comerciales. ¿Es viable romper relaciones con la dictadura de Mohamed VI? Claro, pero hay que asumir y mencionar de antemano todas las consecuencias que esa ruptura trae consigo, más aún considerando lo retorcido y venenoso del sátrapa alauita.
Urge recuperar la política y huir de la charlatanería hiperbólica. Es posible criticar y confrontar un modelo de financiación con argumentos económicos sólidos y entendibles para el grueso de la opinión pública, sin necesidad de atribuirle delitos que ni por asomo comete. Llenar de contenido al discurso político no está reñido con la viralidad que tanto ansían las fuerzas políticas hoy en día, del mismo modo que tampoco es sinónimo de tedio y sopor, como en ocasiones ha destilado la izquierda.
Resolver los problemas “con un par”, que en esencia es en lo que se resume el espíritu discursivo de PP y Vox, lejos de remediar, suele agravar las consecuencias. Por este motivo, escuchar este tipo de narrativas debiera ponernos en guardia porque, en esencia, delatan un error en el diagnóstico de la situación que aseguran poder resolver. Legislar, gobernar o, como el caso que nos ocupa, hacer oposición apelando a lo más primario nos distancia de lo racional, de lo que nos distingue de las bestias y que nos guía para buscar la justicia social y el bien común.
(Artículo en Público)

Sin comentarios