Ni derechos ni humanos

Hoy es el Día Internacional de los Derechos Humanos pero, ¿podemos decir que lo celebramos? Pues cualquiera con un mínimo de decencia no lo hará, porque más allá de que tengamos el documento redactado, tenemos poco que celebrar. Violaciones sistemáticas de la Declaración Universal en China, Marruecos, el Sáhara Occidental -hoy se ha declarado el Día Nacional del Repudio al Mal Gobierno-, Venezuela, Colombia, Haití, Cuba, África subsaharaina, Irán... incluso, EEUU con su eterno Guantánamo. Y lo que es peor, el resto de la Comunidad Internacional mirando para otro lado.

Pero esas son las violaciones de bulto, las que más nos chirrían cuando las escuchamos -aunque sólo sea unos segundos para, después, deleitarnos con nuestro iPad-. Sin embargo, hay muchas otras que también debería encender el piloto de nuestra conciencia. Miremos, sin ir más lejos, a nuestro país: casos de uso desproporcionado de fuerza con los inmigrantes, pero no sólo en las fronteras de Ceuta y Melilla, sino en el mismo aeropuerto de Barajas o las redadas policiales en locutorios con el color de la piel como única guía; el más de medio centenar oficial de mujeres asesinadas por violencia machista; la discriminación al colectivo LGTB (Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales); o la ignorancia del artículo 23 de la Declaración, que indica que "toda persona que trabaja tiene derecho a una remuneración equitativa y satisfactoria". ¿Se puede hacer peor?

El mundo necesita una revisión inmediata, en la que los mercados rebajen su poder frente a las naciones porque asistimos a un globalización en la que, no sólo la economía domina a la política, sino que dentro de la economía cada vez son menos los que tienen poder real. Y eso es una setencia de muerte para todos: primero para el resto y, en última instancia, para los poderosos, que irremediblemente necesita a la base de la pirámide para seguir llegando alto y no desmoronarse.

Así que en un día como hoy, al menos, reflexionemos todos, porque con demasiada frecuencia se nos olvida que somos esa base y tenemos muchísimo más poder del que creemos: la honestidad individual nos lleva a la colectiva y eso, sólo eso, nos hace libres, asimiendo el papel que realmente tenemos: jefes de nuestros políticos, que han de servir a su país y no a la inversa.

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