Vender la privacidad para ligar pero no para combatir el COVID-19

Comienza paulatinamente el desconfinamiento con medidas como la adoptada ayer con la salida de los niños y niñas y el debate sobre las aplicaciones móviles para controlar el posible repunte de la pandemia vuelve a estar encima de la mesa. La cuestión más peliaguda es el riesgo de vulneración de la privacidad, aún cuando este tipo de apps recopila menos datos que cualquier otra para ligar o realizar actividades deportivas.

La Agencia Española de Protección de Datos (AEPD) ya ha publicado sus recomendaciones para que las aplicaciones de rastreo de posibles contagios no vulnere la legislación española, que pasa por ser una de las más garantistas del mundo en materia de privacidad. Según las directrices marcadas, todas la información recopilada por estas aplicaciones debería utilizarse única y exclusivamente para el control de la epidemia; información, por otro lado, que pueden ceder voluntariamente las personas mayores de 16 años y, si se es menor de esa edad, se precisa autorización de padre, madre o representantes legales. Además. la información llegaría pseudoanonimizada, puesto que tal y como establece la AEPD, "el único dato que a los efectos de la geolocalización debería facilitarse a los operadores de telecomunicaciones, en su caso, sería el correspondiente al número de teléfono móvil que se tiene que geolocalizar".

A pesar de que, como vemos, la cantidad de datos personales que se cederían voluntarimente es pequeña, han surgido voces de alarma entre una parte de la clase política que han terminado por proyectarse entre la ciudadanía. Sin embargo, ¿está justificada esta alarma que ha llegado a manejar calificativos como "autoritario" o "dictarorial"?

Lo cierto es que este exceso de celo ante una app que únicamente busca el control de la epidemia choca frontalmente con el comportamiento generalizado en nuestra sociedad habitualmente, en el que parece no importar tanto esa máxima que reza que "cuando una app es gratis, el precio eres tú".
Aplicaciones de juegos, para ligar, de entrenamientos personal, de salud... prácticamente la totalidad de ellas obligan a aceptar unos términos y condiciones de uso si queremos utilizarlas. ¿A qué tienen acceso estas apps o, por ser más precisos, a qué da acceso el usuario o usuaria? Al almacenamiento, a los contactos, a la cámara, al micrófono, a los SMS, a las llamadas, a la ubicación geográfica, a las galerías de fotos y vídeos, a los dispositivos externos conectados, o a los perfiles en redes sociales.

No es ninguna exageración, pero las personas tienden a identificar, por ejemplo, que el beneficio que les reporta estar a tiro de otra que busque una relación íntima compensa cualquier sacrificio de privacidad. Llevarse las manos a la cabeza ante la posibilidad de una aplicación móvil que controle los posibles contagios del coronavirus, en los términos que se han ido detallando, parece una auténtica contradicción si lo comparamos con el modo en el que buena parte de la sociedad vende su privacidad al por mayor para fines más lúdicos.

¿Quiere esto decir que todo el mundo debería hacer uso de estas aplicaciones móviles sanitarias si finalmente se ponen en marcha? No tiene por qué, dado que siempre se ha remarcado que el uso es de carácter voluntario, pero lo que sí debería hacer es no caer en contradicción si en su día a día previo al COVID-19 no le temblaba la mano para comerciar con su privavidad.

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