Drones al servicio del terrorismo


El pasado domingo, la residencia del primer ministro iraquí, Mustafa al-Kadhimi, fue atacada con drones cargados de explosivos. Al-Kadhimi no sufrió daños: las fuerzas de seguridad consiguieron interceptar dos de las aeronaves no tripuladas, si bien una de ellas si alcanzó el domicilio del dirigente. La autoría del atentado no ha sido reivindicada, aunque se ha asumido que es fruto del clima de crispación interna tras la celebración de las últimas elecciones legislativas. Estos hechos plantean una inquietante situación: drones domésticos al servicio del terrorismo.

 Esta misma semana, Newsweek publicaba un reportaje titulado Death by drone (Muerte por dron) en el que plantea cómo estas aeronaves no tripuladas son baratas, fáciles de conseguir, convirtiéndose potencialmente en una combinación letal cuando caen en malas manos. No hablamos de los drones utilizados desde hace años por el ejército de EEUU, operados desde el desierto de Nevada para asesinar por control remoto a líderes yihadistas en Afganistán o Iraq; nos referimos, más bien, a los aparatos, vendidos en muchas ocasiones como juguetes, que pueden encontrarse fácilmente en centros comerciales e internet desde unos 50 euros. El reportaje incluye el testimonio de un militar estadounidense, que advierte que "existe preocupación por la proliferación de drones pequeños y portátiles, por la masacre que podrían causar en un evento drones explosivos". 

Como telón de fondo, Newsweek desliza si podría producirse un nuevo 11-S ejecutado con drones en lugar de utilizar aviones comerciales. Lo cierto es que detrás de este escenario planteado hay una realidad: las capacidades de navegación de estos dispositivos cada vez son más precisas, no siempre son sencillos de detectar y, utilizados como enjambres, son más complicados de interceptar en caso de ataque, algo que el mundo del cine ya se ha encargado de recrear en películas como Objetivo: Washington D.C. A los misiles o explosivos de estos drones kamikazes hay que sumar, además, otra posible amenaza: las armas químicas y biológicas.

 

Esta preocupación por la amenaza que suponen los drones comerciales no es nueva. Ya en 2018, el capitán del Ejército del Aire, José Alberto Marín Delgado, publicó un análisis al respecto. Marín, que es piloto de combate, recuerda en su artículo cómo "en junio de 1994 la secta japonesa Aum Shinrikyo (actualmente Aleph) intentó dispersar agente nervioso sarín por medio de un helicóptero controlado remotamente y equipado con un sistema de dispersión". No lo consiguió porque el aparato se estrelló en las pruebas en seco. 

En España, según indica el capitán del Ejército del Aire, ya existe un caso documentado de intento de ataque. Sucedió en 2012, cuando tres supuestos miembros de Al Qaeda, intentaron atentar con un dron en el centro comercial Puerta de Europa de Algeciras, coincidiendo con la celebración de los Juegos Olímpicos de Londres. El dron intervenido era un aeromodelo de unos dos metros de envergadura alar y capacidad para cargar hasta un kilogramo (también se incautaron de explosivos). 

Sin embargo, los aparatos que suponen una mayor amenaza son de menores dimensiones. Además de los incluidos en la categoría mini (entre 5 y 30 kg), los micro (inferior a 5 kg) se pueden transportar hasta en una mochila. Son equipos fácilmente desmontables, sencillos de transportar y muy silenciosos en su vuelo. Además, se sabe que organizaciones terroristas como el Estado Islámico han trabajado en la mejora de la autonomía de estas aeronaves comerciales, incorporándoles baterías de mayor capacidad o, incluso, instalándoles placas solares. 

La capacidad de carga, lo que en lenguaje técnico se conoce como "carga de pago", es un hándicap para los terroristas, pues en ese tipo de drones ronda entre uno y cinco kilos. Como referencia, un chaleco explosivo puede tener unos nueve kilos de C-4 o un explosivo equivalente y un coche bomba pequeño unos 100. 

 El abaratamiento de los drones no ayuda. Modelos que en su análisis Marín exponía como viables para estas malas prácticas, en 2018 costaban unos 700 euros –lo que es muy asequible- y hoy ya es posible encontrarlos por menos de 400. Ya entonces, el militar indicaba cómo el Estado Islámico empleaba un dron de algo más de dos metros de envergadura de un fabricante que los vendía por unos 250 euros en plataformas de comercio electrónico, pudiendo abaratarse aún más al realizar pedidos grandes. 

En su completo análisis, Marín sostiene que "el terrorismo, en su vocación de generar terror, ha visto en estos sistemas un elemento muy útil para conseguir su fin", concluyendo que "estas vulnerabilidades deben ser analizadas para aplicar aquellas medidas preventivas y correctivas que mitiguen o eliminen los riesgos asociados a esta amenaza en aras de la seguridad".

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