Elogios y lecciones del tren de borrascas
A veces da la sensación de que el tren de borrascas que sufrimos en España es el que mejor funciona, tanto que da miedo. El paso de sucesivos temporales por la Península está siendo devastador; se ha cobrado varias vidas humanas y ha provocado daños millonarios tanto en los hogares de miles de personas como en el campo. Ante esta situación, hay dos lecturas bien distintas que pueden hacerse: por un lado, el paraguas de solidaridad que ha contribuido a aliviar los efectos de las borrascas; por otro, la resistencia a asumir que, del mismo modo que se concatenan las olas de calor en verano, en invierno parece que se sucederán los temporales.
En Andalucía hemos sufrido especialmente las consecuencias de este tren de borrascas, con miles de desplazados que han tenido que ser reubicados en espacios como el polideportivo de Ronda, por ejemplo. En mitad de lo peor del temporal, cuando incluso la tierra se removía por el colapso de los manantiales y la lluvia torrencial no cesaba, la solidaridad ha vuelto a aparecer, acogiendo a las miles de personas afectadas, sino curando, sí al menos aliviando el dolor que sufrían.
Lo vimos hace más de un año en la DANA de València, lo hemos vuelto a presenciar en el accidente ferroviario de Adamuz y seguiremos asistiendo a estas muestras de cariño altruista, de apoyo incondicional con quienes son víctimas de una tragedia. No debemos privarnos del disfrute de ese orgullo, de compartirlo y destacarlo. Sin embargo, esa satisfacción por comprobar cómo la ciudadanía está a la altura en estas circunstancias no debiera hacernos caer en el error de que desplegar solidaridad puntual es sinónimo de ser solidario.
Aplaudiendo sonoramente lo vivido en Andalucía con motivo del tren de borrascas, sería miope pensar que esa solidaridad se sostiene en el tiempo en todos los casos. Lamentablemente, no es así. Siempre es mejor ser solidario puntualmente que no serlo nunca, pero no debiéramos conformarnos; eso es lo relativamente sencillo. Lo que de verás es complicado, lo que puede requerir, incluso, sacrificio, es la solidaridad sostenida. Esa sí que es una empresa compleja, que no por ello ha de forzarse, sino que ha de salir por sí sola y, quizás por este motivo, no está tan extendida como fuera deseable.
Lo vemos en la encendida reacción de algunos grupos sociales cuando se avanza en una regularización masiva de personas migrantes o cuando se pretende mantener el escudo social para quienes son más vulnerables. Son dos ejemplos muy recientes en los que se perciben demasiados gestos insolidarios que evidencian que esta es una cualidad cuyo mantenimiento en el tiempo, no es que no esté al alcance de todo el mundo, sino que eligen no extenderla. Del mismo modo, cuando la ciudadanía sufre las consecuencias de una huelga, se multiplican las voces críticas contra la clase obrera que lucha por sus derechos laborales. Acudir con mantas y bocadillos al lugar de una tragedia termina resultando más sencillo que emprender o apoyar medidas de cambio reales.
Por otro lado, el papel de las Administraciones Públicas durante el trascurso de estas borrascas también es de elogiar. La coordinación y buena sintonía entre la Junta de Andalucía y el Gobierno de España ha sido determinante para el bienestar de todas las víctimas y que las muertes no se hayan disparado. Ambas han estado a la altura y, además, han colaborado entre sí amplificando las bondades de esas sinergias. De nuevo, por lo inusual de este fenómeno, es de ley aplaudirlo y reconocerlo. Sin embargo y como sucedía en la cuestión solidaria, no es oro todo lo que reluce.
A pesar de las evidencias científicas que indican que los efectos del cambio climático nos van a hacer sufrir estos episodios cada vez con más frecuencia y virulencia, las Administraciones Públicas parecen resistirse a asumirlo. Volviendo a Andalucía, lo hemos constado en los veranos pasados, con sequías pertinaces ante las cuales no se había ni diseñado, ni mucho menos desarrollado, políticas hidrológicas adecuadas. Ni siquiera a día de hoy, pues con los embalses en unos niveles históricos, el gobierno de Juan Manuel Moreno Bonilla parece haber guardado en un cajón proyectos tan necesarios como las desaladoras en puntos clave.
En lo que las borrascas se refiere, tanto gobierno andaluz, como diputaciones y ayuntamientos siguen mirando para otro lado. El pasado mes de enero, un temporal arrasó con el paseo marítimo de Matalascañas; mientras desde el Gobierno de España se apostaba por un retranqueo del mismo retrasando la primera línea de playa, lo que suponía la eliminación de múltiples viviendas, el ayuntamiento optó por la reparación y nuevos aportes de arena que, el tren de borrascas que nos asola ya se ha vuelto a llevar por delante.
Es una práctica más que habitual. Cada año, decenas de ayuntamientos costeros gastan miles y miles de euros en regenerar unas playas que le pertenecen al mar y, como tal, se vuelve a apropiar de ellas en cada ejercicio. Dinero y esfuerzo tirado. Lo mismo sucede con los cauces de los ríos y las zonas inundables donde, incomprensiblemente, se han construido casas. Todo eso ha de cambiar, por muy doloroso que sea, pues seguir gastando millones de euros en medidas correctoras no resolverá el problema, será como dar patadas a una ballena varada en la playa pensando que la devolveremos al mar.
Los signos que acreditan cierta resistencia a asumir la nueva realidad del planeta que hemos propiciado aparecen también en la misma confección de presupuestos, ya sean de gobiernos autonómicos o locales –el nacional tiene más cintura para jugar con partidas-. Esta semana, la consejera de Economía de la Junta, Carolina España, ya ha deslizado que a pesar de que el presupuesto 2026 se acaba de aprobar, no cuenta con las partidas necesarias para afrontar las contingencias derivadas del tren de borrascas. Podría citar también cómo las balsas mineras tóxicas (Riotinto y Aznalcóllar) no cuentan con las medidas para afrontar el nuevo escenario y evitar riesgos de desbordamiento o cómo ayuntamientos como el de Sevilla se ha visto obligado a activar apresuradamente sus planes de tanques de lluvia.
Al margen de quienes todavía se sitúan en la irracionalidad del negacionismo de la emergencia climática, urge que las Administraciones Públicas tomen conciencia de una vez por todas de las dimensiones de lo que se nos viene encima. Del mismo modo que al fin han asumido, no sin que antes haya costado la vida de más de 200 personas en València, que es preferible el exceso de celo a la hora de emitir una alerta ES-Alert que no hacerlo, quienes gestionan lo público no sólo han de prepararse para estos nuevos fenómenos, sino también corregir todos los errores pasados que ahora nos cobran una factura muy cara.
(Artículo en Público)

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