Siria resucita el fantasma de la guerra química


La posibilidad de que Siria pudiera hacer uso de su arsenal de armas químicas cobró fuerza el pasado verano, cuando el portavoz de su ministerio de Exteriores, Jihad Makdissi, advirtió que solo las emplearía si el país sufriera una "intervención militar extranjera". Esta semana, los fantasmas del uso de armas de destrucción masiva se han reavivado tras la entrevista publicada por The Times al general Adnan Sillu, que desertó del ejército sirio hace tres meses. En ella, el ex general, que asegura haber sido responsable del arsenal químico del régimen de Bashar al Asad, avanza que el uso de estas armas contra los rebeldes y su población, quedarían reservados como “último recurso”. Otra de las revelaciones del ex general es la referida a la posibilidad barajada del presidente sirio de entregar armas químicas a Hizbulá para que ésta ataque a Israel.

Sillu sitúa como uno de los motivos fundamentales de su deserción las desavenencias mantenidas en lo que al empleo de armas químicas se refiere, dado que Al Asad estaría dispuesto a su uso si perdiera enclaves estratégicos, como la ciudad de Alepo. Las reuniones de la cúpula militar se habrían mantenido en uno de los cinco centros de armas químicas con que supuestamente cuenta Siria, concretamente, en el situado a pocos kilómetros de Damasco.

Estas informaciones vendrían a complementarse con las publicadas por el semanario alemán Der Spiegel, en las que asegura que el régimen de Damasco habría realizado ya ensayos cerca de Safira, al este de Alepo, con el lanzamiento de obuses sin carga química desde varios carros de combate y aviones. Las pruebas, supervisadas por oficiales de la Guardia Revolucionaria iraní, se habrían efectuado en el que se ha convertido en campo de ensayos químicos de Siria, el área desértica de Diraiham, cerca de Chanasir.

Sospechas sin confirmación 
Siria, junto a Israel, Myanmar, Sudán del Sur, Angola, Egipto, Corea del Norte y Somalia, es uno de los ocho países que no ha ratificado aún la Convención de Armas Químicas (firmada en 1993) y están fuera de la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ) de 1997, por lo que todo cuanto se sabe de su arsenal químico no cuenta con confirmación oficial. Sin embargo, las agencias de espionaje occidentales aseguran estar vigilando cerca de una veintena de emplazamientos en los que el régimen esconde armamento y componentes de este tipo.

Simulación de un ataque químico (OPAQ)
Según expone Leonard Spector, subdirector del Instituto Monterrey de Estudios Internacionales del Centro James Martin de Estudios sobre la No Proliferación (CNS, por sus siglas en inglés), los informes anuales de la CIA al Congreso apuntarían a que Al Asad cuenta con miles de municiones y muchas toneladas de agentes químicos, que van desde los gases venenosos utilizados durante la I Guerra Mundial, como gas mostaza, a agentes nerviosos mucho más avanzados, como el gas sarin y más persistentes, como el gas VX. Según Nieves García, secretaria de la Autoridad Nacional para la Prohibición de las Armas Químicas (ANPAQ), “una gota de VX del tamaño de un cacahuete absorbida por la piel puede ser suficiente para producir la muerte”.

Buena parte de estos arsenales serían, incluso, herencia del padre del actual presidente sirio, Hafez al Asad, aunque el propio Spector asegura que “Siria nunca ha mostrado abiertamente su capacidad” de armamento químico, ni siquiera “durante la guerra contra Líbano en 1982, cuando aviones israelíes diezmaron a las fuerzas áreas sirias”.

Spector señala que “las fuentes abiertas indican que Siria cuenta con al menos cuatro, y posiblemente cinco, plantas de producción de armas químicas”. El experto afirma que “una o dos está localizadas cerca de Damasco, mientras que las otras tres están ubicadas en Hama, Latakia y el pueblo de al-Safir, próximo a la ciudad de Alepo”. Algunas fuentes sugieren, incluso, que expertos iraníes y norcoreanos estarían trabajando en el Centro de Investigaciones Científicas de Diraiham –donde se produjeron ensayos este verano-, en gases letales como el sarin, tabum o gas mostaza.

La preocupación de Spector va, incluso, más allá de lo que las fuerzas leales al régimen de Damasco puedan hacer, extendiendo su temor a las acciones que puedan tomar el ejército rebelde. Tanto Hama como la propia Alepo son frentes fuertemente atacados por los insurgentes y, apunta Spector, “en esta situación de caos es impredecible lo que pueda pasar con el control o la ubicación de esas armas”.

De llegar a utilizar los gases neurotóxicos, sostiene el experto del CNS, por su efecto sorpresa y el temor que produciría, “podría aplastar el levantamiento en la ciudad en menos de una hora”. Ante esta coyuntura, en algunos círculos se ha barajado la posibilidad de que Israel destruyera las instalaciones con bombas incendiarias para que éstas acaben con los agentes químicos. Sin embargo, Spector señala que “se corre el riesgo de dispersar grandes cantidades de líquidos venenosos, lo que podría producir bajas a gran escala”.

Spector aboga por que “la Administración Obama empiece ya a planear qué hacer con la herencia de armas químicas de Al-Assad”, utilizando para el control de la OPAQ.

15 años de eliminación química 
Simulación de un ataque químico (OPAQ)
En 2012, la OPAQ ha cumplido 15 años de existencia. Durante este recorrido, La organización ha incrementado significativamente el número de miembros (Estados Parte), hasta el punto de que su actual director general, el turco Ahmet Üzümcü, asegura que “con los miembros actuales, que representan al 98% de la población mundial, estamos cerca de conseguir la adhesión universal a la Convención de Armas Químicas”.

Para Jaime Alejandre, experto en armas químicas y secretario de ANPAQ en la década de los 2000, “esta organización supone un hito mundial, porque sin duda es el protocolo más avanzado y universal de todos; no ha habido otro igual, capaz de eliminar toda una categoría de armas de destrucción masiva”. Según Alejandre, uno de los puntos decisivos para el éxito de la OPAQ es “la introducción de las inspecciones, no sólo de las armas químicas propiamente dichas, sino también de sus precursores, de materiales con que se pueden elaborar este tipo de armas”.

En este sentido, el director general de la OPAQ asegura que “desarme y no proliferación van de la mano y ambas necesitan de verificación”, por lo que “la organización ha supervisado ya la destrucción de las tres cuartas partes de todas las armas químicas declaradas e inspecciona a diario la industria química”. De las casi 72.000 toneladas de agentes químicos declarados, ya han sido destruidos más de 53.600 toneladas (75,37%).

La Convención establece, no sólo la obligación de destruir todas las armas químicas, sino también las instalaciones en las que se producen esas armas, por lo que casi todas las instalaciones han sido destruidas o reconvertidas para propósitos pacíficos”. Nieves García, actual secretaria de ANPAQ, explica que cuando arrancó la OPAQ hubo que abordar tanto a los países poseedores de armas químicas (EEUU, Albania, Corea del Sur, India, Iraq, Libia y Rusia), como a los productores (Bosnia Herzegovina, China, Corea del Sur, EEUU, Francia, India, Irán, Irak, Japón, Libia, Reino Unido, Rusia y Serbia), sin olvidar a aquellos países en los que otros había dejado abandonado armamento de este tipo, como es el caso de China con armas de Japón, Panamá con las de EEUU o Libia con armas químicas italianas.

Hasta la fecha, la OPAQ ya ha realizado un total de 4.779 inspecciones en más de 80 Estados Partes, con más de 2.500 inspecciones en 211 polígonos con armas químicas, de un total de 227 declarados. El balance es muy positivo y, como asegura Alejandre, “a diferencia de otros tratados de desarme y no proliferación, aquí a todos los países se les trata por igual, no se mide con diferente rasero a Occidente y Oriente, entre otras cosas, porque tanto el cuadro directivo como el cuerpo de inspectores de la OPAQ es multinacional”.

Arsenales secretos e incumplimientos 
A pesar de las exhaustivas inspecciones que lleva a cabo la OPAQ, la sospecha de existencia de arsenales secretos sigue latente. Así lo demuestra el hecho de que, en la pasada guerra de Libia, se descubrieran armas químicas del régimen de Gadafi. Üzümcü indica que “la experiencia de Libia nos dice que afrontar el problema de las armas químicas durante un conflicto nunca puede ser un ejercicio sencillo o predecible”.

En este sentido y de cara a Siria, el director general de la OPAQ admite que “nuestras preocupaciones son muy grandes”. El directivo explica que “la OPAQ está autorizada bajo la Convención para cooperar estrechamente con la ONU en el despliegue de sus recursos, según disponga su secretario general, para investigar el supuesto uso de armas químicas en un estado no miembro de la CWC”. Sin embargo, “nunca se ha recurrido a esta potestad, como tampoco a la de las inspecciones por denuncia”.

Por otro lado, el incumplimiento con la fecha de destrucción de los arsenales químicos es otro borrón en la buena trayectoria de la OPAQ. Según el tratado, en abril de este año todas las armas químicas debían estar destruidas. Sin embargo, no todos los países han llegado a tiempo. Es el caso de EEUU y su último arsenal de armas químicas, el Blue Grass Army Depot, perdido en los bosques de Kentucky. Se trata de un complejo militar de 3.000 millones de dólares que alberga en su interior 523 toneladas de VX y sarin –agentes nerviosos letales utilizados durante la Guerra Fría- y gas mostaza, empleado durante la I Guerra Mundial.

44 bunkers de hormigón, rodeados de dobles vallas metálicas, alambre de espino, un potente despliegue de videocámaras y la advertencia que reza “Uso de fuerza mortal autorizado”, guardan en su interior más de 100.000 municiones llenas de veneno que, según denunciaba Los Ángeles Times hace tres años, algunas de ellas están tan deterioradas que se han detectado trazas de escapes de gas mostaza y sarin en alguno de estos búnkeres.

A pesar de ello, el director del Grupo de Trabajo de Armas Químicas, Craig Williams, admite que el año 2020 es una fecha bastante conservadora para situar la destrucción de este arsenal, hasta el punto que de cara al contexto internacional la cifra que se maneja es 2023. Mientras, en el aire está el futuro de esas instalaciones y todos cerca de un millar de trabajadores ligados a ellas. A ello se suma, además, el hecho de que Jaime Alejandre apunta que “la destrucción de este tipo de armas no es nada sencillo ni barato, pues requiere del montaje de una instalación química específica, que ha de pasar los controles pertinentes de la OPAQ para verificar que se concibe para destruir y no para fabricar armas químicas; algo que, seguramente la crisis económica, también se ha encargado de ralentizar”.

Franco en la Guerra del Rif.

España busca dejar atrás su historia negra 
España firmó la Convención de Armas Químicas en 1993, ratificándola en 1997 y formando parte de la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ), con sede en La Haya (Países Bajos), en 1997. Desde entonces, se ha convertido en uno de los pilares de la organización, no sólo en cuanto a financiación sino también en su operativa. Nieves García, secretaria de la Autoridad Nacional para la Prohibición de las Armas Químicas (ANPAQ), explica que “del presupuesto anual de unos 75 millones de euros que maneja la organización, España aporta dos millones al año, siendo el octavo contribuyente”.

Paralelamente, nuestro país cuenta con uno de los 20 laboratorios certificados por la OPAQ para poder analizar y contra analizar agentes químicos tóxicos. Se trata del Laboratorio de Verificación de ‘La Marañosa’, conocido como LAVEMA, dependiente del Instituto Tecnológico 'La Marañosa' (ITM) del ministerio de Defensa en San Martín de la Vega (Madrid).

Este laboratorio juega un papel fundamental a la hora de inspeccionar y detectar armas químicas o sustancias precursoras de este tipo de armamento. La OPAQ cuenta con una base de datos de datos analíticos única a nivel internacional, homologada y examinada por expertos en la materia, con información sobre más de 3.400 compuestos vinculados a las armas químicas. Nieves García señala que este “laboratorio del Ministerio de Defensa, acreditado por la OPAQ para emitir informes vinculantes en caso de necesidad por el uso de agresivos químicos, debe aprobar unos exámenes todos los años si quiere seguir conservando su acreditación”.

La secretaria de ANPAQ, organismo presidido por la subsecretaría de Asuntos Exteriores y con vicepresidencia en la subsecretaría del ministerio de Defensa, explica que “nosotros nos ocupamos de los aspectos técnicos de la Convención de Armas Químicas, principalmente de lo que afecta a las empresas españolas que utilizan ciertas sustancias químicas de doble uso, o que fabrican sustancias químicas orgánicas de diferente índole”, desde productos farmacéuticos, a colorantes, esencias, etc.

No proliferación en España
Aunque Nieves García asegura que, cuando se ratificó la Convención, España no era poseedor de armas químicas, las inspecciones sí le afectan en su actividad comercial e industrial, puesto que muchos de los 3.400 compuestos químicos contemplados por la OPAQ se utilizan en procesos productivos con destino a uso civil. Se trata de las denominadas “sustancias de doble uso”, que siendo empleados por la industria y los centros de investigación para actividades lícitas también pueden desviarse de estos usos para la fabricación ilegal de armas químicas. Es el caso de las sustancias ignífugas con que impregnan los rellenos de tapizados de sillas y butacas o el aislante de los tubos de aire acondicionado. Jaime Alejandre, experto en armas químicas, explica que “simplificándolo mucho, el fosgeno que se usa para el relleno de las butacas, basta mezclarlo con cloro para obtener gas mostaza”.

Inauguración del ITM La Marañosa en 2011 (Ministerio de Defensa de España)

Este es el motivo por el que la industria pasa exhaustivos exámenes de la OPAQ, tutelados por ANPAQ. En el caso español, García indica que nuestro país ya ha pasado más de medio centenar de inspecciones sin ninguna incidencia destacable. Sólo en España, el número de instalaciones bajo control alcanza potencialmente las 8.000.

Las inspecciones, llevadas a cabo por entre 3 y 5 inspectores de diferentes nacionalidades, son anunciadas por la OPAQ con 48 horas de antelación y, tal y como explica García, son extraordinariamente intrusivas para así descartar que no se hayan producido desvíos de sustancias químicas para otros fines que los declarados por esa instalación: “se meten hasta la cocina revisando facturas de compra y venta, partes de producción, visitando plantas piloto, almacenes”, explica, llegando incluso a plantear ciertas tensiones por cuestiones de propiedad industrial en las que ANPAQ ha de arbitrar.

Los 3.400 compuestos vinculados a las armas químicas que conforman la base de datos de la OPAQ han sido divididos en tres grupos que van desde los agresivos químicos totalmente prohibidos -salvo en los casos de sustancias necesarias para la protección de la propia sociedad, investigación médica o farmacéutica-, los de uso legítimo que afecta a pocos sectores como el farmacéutico, tinturas y textil (materiales ignífugos) y un tercero, mucho más amplio que va desde los detergentes, a productos de belleza e higiene, cementos o pilas.

En el caso del primer grupo (sustancias prohibidas) y siempre y cuando sea para fines de investigación, médicos o farmacéuticos, la Convención permite su producción en cantidades superiores a 100 gramos y hasta 10 kilogramos al año en laboratorios previamente aprobados por la Autoridad Nacional. Si las cantidades son inferiores a 100 gramos al año, no es necesaria la autorización previa ni hay obligación de declaración.

Legionarios españoles soportando cabezas cortadas de rifeños en 1922
Guerra química en El Rif 
“El olor del humo de las jaimas recuerda el de la leña en las chimeneas del invierno. En seguida otro olor cáustico, agrio, y el boticario que aparece con sus barbas y sus gafas de concha, tapada la boca con un pañuelo mugriento: Hiperita, coño, hiperita. Han tirao más abajo con gases”. Es un pasaje del libro Imán (1930) de Ramón J. Sender, basada en sus vivencias como soldado durante la guerra en Marruecos entre 1922 y 1924.

El texto sirve para introducir la leyenda negra del ITM, remontándose a sus orígenes cuando fue levantada en 1923 con el nombre de Fábrica Nacional La Marañosa o Fábrica Alfonso XIII, en honor al monarca de la época. Desde allí y con asesoramiento alemán, el Gobierno de Primo de Rivera fabricaría las armas químicas que emplearía el ejército español en la guerra del Rif y que, para muchos, supone la primera vez en la Historia en que se emplean armas químicas contra población civil.

En otro pasaje del libro de J. Sender se puede leer “además de la locura tiene llagas de hiperita. El viento llevó gases del 5 de julio en Tizzi Asa y resultaron con llagas casi todos los soldados de la línea de blocaos del tractocarril”. El doctor en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid, Fernando Hernández Holgado, señala cómo “el bombardeo con gases tóxicos de la población civil beréber del Protectorado español apenas tuvo eco en los medios de difusión de la época, tanto españoles como extranjeros”, no siendo hasta épocas más recientes cuando algunos estudios han arrojado luz sobre los hechos. Yperita (gas mostaza) fosgeno y cloropicrina son los gases tóxicos utilizados por España en la guerra del Rif.

En su libro Miseria del Militarismo (2003), Hernández Holgado desvela cómo jugó un papel fundamental en la trama el antiguo jefe del Servicio Alemán de Guerra Química, Von Stoltzenberg, a través del cual y “a espaldas del Comité Internacional creado en Versalles para fiscalizar el desarme alemán”, se realizaron las gestiones pertinentes para que España comprara los agentes tóxicos sobrantes de la I Guerra Mundial. El historiador describe la estrategia, que “consistía en lanzar las bombas de gas en las áreas más pobladas y a las horas en las que más víctimas podían producir, de modo que el bombardeo de los zocos de las aldeas se convirtió en una rutina”.

Desde entonces, el tema ha sido sistemáticamente evitado, sino silenciado, alegando en muchos casos que los bombardeos se habrían producido antes del Protocolo de Ginebra (1925) que, paradójicamente, prohibía el primer uso (que no la producción) de armas químicas, es decir, un país sólo las podía utilizar en respuesta a otro ataque químico, pero no iniciarlo.

En 1999 se fundaría la Asociación de Defensa de las Víctimas de la Guerra del Gas Químico en el Rif y hace siete años, el portavoz del grupo parlamentario de Esquerra Republicana (ERC) en el Congreso, Joan Tardà, no sólo pidió perdón a los rifeños y al resto de la población marroquí, sino que instó al Gobierno español a investigar los efectos de esta guerra química. Por su parte, este mismo verano, el ministro marroquí de Exteriores, Saadedín al Otmani, avanzó ante su parlamento la intención de abrir un diálogo con España para aclarar el uso de armas químicas durante la Guerra del Rif.

Mientras, diversos colectivos vecinales y ecologistas reclaman el cierre de las instalaciones de La Marañosa por entender que constituye un grave riesgo medio ambiental, más aun considerando su enclave en un parque natural.

El mejillón como arma letal 
La naturaleza también produce agentes químicos tóxicos, como las ricinas o la saxitoxina. En el caso de la saxitoxina, el ser humano puede intoxicarse al ingerir, fundamentalmente, mejillones, almejas, vieiras y berberechos. Se trata de una neurotoxina estable al calor, filtrado y retenido por estos bivalvos, que puede desencadenar lo que se denomina intoxicación paralizante por mariscos (PSP).

Así, entre 5 y 30 minutos después de la ingesta de marisco con saxitoxina, pueden comenzar a aparecer síntomas como hormigueo en la boca y extremidades, afectación del tubo digestivo que pueden durar días, dolor de cabeza, mareos, vómitos y diarreas. En los casos más graves también pueden aparecer cuadros de ataxia (perturbación de las funciones del sistema nervioso), disfonía, disfagia (dificultad de tragar), parálisis muscular y dificultad respiratoria e, incluso, muerte por parálisis respiratoria entre las 2 y 24 horas posteriores a la ingestión.

Estas biotoxinas aparecen en los bivalvos como resultado de su acumulación tras alimentarse de algunas especies de fitoplancton. Conocidas como ‘mareas rojas’, Nieves García explica que “para su detección son necesarias pequeñas cantidades de sustancia patrón que sólo se fabrican en Canadá y EEUU”. La secretaria de ANPAQ precisa que incluso estás cantidades que se han de importar, “se autorizan caso a caso”, controlando la cantidad que se hace de él en cada aplicación.

Tipos de armas químicas letales
Vesicantes (que produce ampollas)
Descripción: Agresivos líquidos oleosos muy solubles en lípidos, penetran a través de los tejidos, provocan quemaduras y ampollas en la piel y tejidos internos al ponerse en contacto con ellos. Pueden ser derivados nitrogenados y sulfurados (yperita o mostaza y mostazas nitrogenadas) y derivados arsenicales (lewisita). Efectos: Lesiones cutáneas y necrosis cuando la exposición es intensa. Las mostazas atacan el aparato respiratorio, provocando lesiones pulmonares. Sus vapores atacan sobre todo las zonas húmedas del cuerpo, como ojos, axilas e inglés. Si no produce la muerte, son muy dolorosos y suelen degenerar en cánceres de piel. .

Sofocantes 
Descripción: Gases o líquidos muy volátiles, como el fosgeno, el difosgeno, el cloro y la cloropicrina. Efectos: En el plazo de 2 a 24 horas, edema agudo de pulmón que, sino conduce a la muerte puede derivar en bronconeumonías y bronquitis crónica.

Hemotóxicos
Descripción: Agentes muy volátiles que entran con la inhalación. Pueden ser derivados del ácido cianhídrico y las arsinas
Efectos: Tras 20 o 30 segundos, violentas convulsiones con parálisis respiratoria a los 2 o 3 minutos. En concentraciones más bajas, calambres en las piernas, vértigo, náuseas, cefaleas, alteraciones de los reflejos y marcha inestable.

Neurotóxicos 
Descripción: Agresivos químicos de estructura similar a los insecticidas, también conocidos como agresivos organofosforados. Se dividen en agentes G (tabum, sarin, soman) y los agentes V (VE, VM, VX, etc.). Los agentes G son volátiles y se absorben por vía respiratoria en forma de aerosoles y por vía percutánea. Los agentes V son líquidos oleosos, penetrando por la piel.
Efectos: Actúan inmediatamente tras su absorción, incluso en cantidades mínimas. Tienen efectos tóxicos sobre las neuronas impidiendo las transmisiones nerviosas entre células, provocando la muerte en cuestión de minutos. 

(Reportaje en Público, Septiembre 2012)
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